Leer... la realidad
Con relación al Día
Mundial del Idioma Español, celebrado este 23 de abril, surgen inquietudes
entre los personajes más experimentados de nuestro oficio, quienes llevan
consigo décadas de producción intelectual con las que se han formado el
criterio para preguntarse por asuntos como los siguientes: ¿cuáles son los
desafíos que nos toca afrontar desde el Periodismo de Opinión para contribuir a
la construcción de una ética de la cultura bibliográfica?, ¿qué podemos hacer,
desde nuestro punto de vista, para ayudar a que el libro sea medio de
conocimiento, comprensión y mejoramiento de la calidad de vida de los lectores?,
¿cómo respaldar, en el Periodismo de Opinión, las funciones del autor, el
editor, la empresa editorial, el librero, el lector, el promotor de lectura, el
formador de buenos lectores?
A mi modo de ver, el desafío
real es que nuestro gremio profesional, influenciado por los personajes en mención,
pueda reconocer que no solo los libros son el medio de conocimiento y
comprensión que las personas necesitan para mejorar su calidad de vida, pues si
bien se constituyen como una herramienta de formación necesaria para entender la
historia y analizar las diferentes propuestas teóricas, filosóficas y
artísticas que se han desarrollado a lo largo de ella, no son suficientes para
comprender las realidades cambiantes de un mundo como el de hoy.
Nuestra misión debería
encaminarse, entonces, a que las opiniones periodísticas que construyamos
lleguen a un público diverso y le permita a este leer y entender, no un libro,
sino la realidad; su realidad. Me refiero específicamente a que ese público,
diferenciado por edad, sexo, género, creencias y costumbres, comprenda las
problemáticas sociales, políticas, económicas y ambientales de su entorno, tales
como desigualdad, corrupción, hiperinflación y contingencias atmosféricas, solo
por mencionar algunos ejemplos. ¿Por qué lo digo?, porque a veces como
profesionales de la comunicación nos concentramos tanto en juzgar a las personas
que no tienen un hábito de lectura, o incluso en imponérselos, que se nos olvidan
las posibles circunstancias por las que no lo tienen o por las que no quieren adquirirlo,
muchas veces determinadas por factores ajenos a ellos mismos.
Mi opinión puede parecer
una justificación a la falta de interés por los libros. Unos incluso podrían
decir que promuevo el analfabetismo, pero no es así. Como periodista en
formación y como ciudadano colombiano sé que nuestro país tiene unas
condiciones particulares que se han venido consolidando a lo largo del tiempo y
que responden a temas aún más grandes y coyunturales que el simple hecho de “querer
leer”; temas tan trascendentales para el desarrollo humano sostenible de
nuestros compatriotas como el de la educación de calidad, de la cual debe ser
garante el mismo Estado en cabeza del Gobierno, no de los periodistas.
Hago esta reflexión enmarcada
en el Día del Idioma porque nuestra profesión debe motivarnos a ver la vida
como un libro en sí mismo, construido con un lenguaje múltiple y metafórico con
el que se pueden contar un sinfín de historias, esas con las que debemos cautivar
a un público de colombianos que quieren entender por qué hacemos lo que hacemos,
por qué nos vestimos como nos vestimos, por qué comemos lo que comemos y por
qué nos comportamos como nos comportamos a diario. A eso le llamo leer el
mundo, y somos los periodistas los responsables de las lecturas más extensas, de
interpretarlas y publicarlas para que lleguen como relatos de la realidad a más
personas deseosas de leer.
Pero allí viene la
cuestión. Si ya hablamos del poco hábito de lectura en nuestro país, ¿cómo
lograr que esas personas nos lean? Justamente pasando la limitación de las
letras sobre el papel. Podemos narrar y construir opinión desde diversos
formatos, aprovechando las posibilidades tecnológicas que nos da la actual
época digital, pero sin olvidar que aún hay muchos ciudadanos alejados a los
que podemos llegar a través de las ondas de radio, las imágenes de televisión, los fotogramas del cine y
el famoso voz a voz.
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