Ignatieff, ético y pragmático
Ensayista político, tanto ético como pragmático.
Ese es Michael Ignatieff, el docente, historiador, periodista y comentarista
internacional de origen canadiense que escribe sobre los problemas
contemporáneos de la democracia, los derechos humanos y los nacionalismos e
ideologías de guerra. Gracias a sus textos, este académico es hoy en día uno de
los pensadores políticos más reconocidos a nivel mundial, puesto que, además de
ser llamado “filósofo político”, demuestra en cada uno de sus ensayos ser un
gran conocedor e intérprete de la realidad política; particularmente de la que
se vive en Europa central y oriental.
Le llamo entonces ensayista político no solo
porque se ha especializado en temas de esa índole a lo largo de su carrera profesional,
sino porque participó de manera directa en la política de su país. El escritor
peruano Mario Vargas Llosa, en un comentario que hace a su obra Fuego y cenizas, se refiere a ese
periodo específico en la vida de este intelectual: “Durante seis años
experimenta la pasión y la excitación, el entusiasmo y la intriga, el fracaso y
el éxito de los partidos políticos en el amplio escenario canadiense. Seis años
después de su inmersión en la vida política, regresa a su biblioteca y se dedica
a la reflexión”, convirtiéndose así en una reflexión pertinente y fundamentada.
Digo pertinente y fundamentada porque su
experiencia en materia política, con una etapa previa y posterior en el
análisis académico, lo certifica como un capacitado crítico político que conoce
de primera mano cómo se moviliza el sector y cómo resuelve sus problemáticas. Es
importante destacar que Ignatieff se mantiene actualizado en política
internacional ejerciendo cargos de alto reconocimiento en diferentes instituciones
universitarias, tales como Cambridge, la Universidad de Toronto y la
Universidad de British Columbia. Actualmente se desempeña incluso como rector y
presidente de la Universidad Central Europea en Budapest.
Ese vínculo con la academia, y particularmente
con la docencia, hacen de su trabajo un referente de discusión para las nuevas
generaciones de pensadores y de representantes políticos, dado que se centra en
la observación y examen exhaustivo de los sucesos y dinámicas más relevantes de
la política actual, que, con el paso del tiempo, se transformará en un legado de
base histórica a tener en cuenta para tomar las decisiones futuras de gobernabilidad.
Lo más importante de ello es que este ensayista no solo produce esos análisis
para ser reconocido internacionalmente o para que su obra perdure en el tiempo,
sino que los pone a disposición de esas nuevas generaciones que pasan por sus
aulas de clase o que leen uno a uno sus textos, creando en estos jóvenes un
criterio indispensable para interpretar las realidades diplomáticas de un mundo
tan cambiante como el de hoy, puesto, muchas veces, a favor de unos pocos. Aquí
cabe, como dato curioso, el hecho de que Ignatieff es considerado uno de los
profesores más destacados de Harvard.
Por otro lado, considero que es un ensayista ético
porque sus textos evidencian un interés constante por resguardar los derechos humanos
en todo el mundo. De hecho, en julio de 2012 llegó a recibir el Premio de Periodismo
Francisco Cerecedo, otorgado por la Asociación de Periodistas Europeos en España.
En ese momento los miembros del jurado destacaron “su gran aportación a la
superación de las diferencias étnicas y religiosas (…) y su firme defensa de la
ética y de los valores universales frente al nacionalismo violento”.
Según los periodistas que han perfilado a este
intelectual, como Ángel Jaramillo, que escribe para la revista digital mexicana
Letras Libres, dicen que ese interés por defender las libertades deriva de su
experiencia personal: “Su vida puede considerarse una metáfora del
entrecruzamiento de las culturas del mundo (…) su abuelo paterno, Paul
Ignatieff, fue el ministro de Educación en el último gabinete del zar Nicolás
II. A su vez, el abuelo de Paul, Nicholas, fue un prominente diplomático ruso,
quien, entre otras cosas, negoció la frontera que divide Rusia de China en la región
del Pacífico. El arribo de los bolcheviques al poder obligó a la familia
aristocrática a emigrar, primero a Francia y luego a Canadá”.
Así pues, su relación directa con la diversidad
de culturas (teniendo en cuenta que Canadá es un país fortalecido en las
políticas multiculturales) y con la diplomacia, además de su destacado recorrido
profesional, lo legitiman como ese ensayista crítico de la política contemporánea
que puede alcanzar un elevado nivel de influencia en la opinión internacional.
Sus publicaciones en medios altamente reconocidos como el New Yorker o El País
de España lo demuestran.
Finalmente, creo que es un ensayista pragmático
porque en la política también tiene una preferencia por lo eficaz. Por ejemplo,
en su libro El mal menor hace un
recorrido por la historia del terrorismo y la necesidad de combatirlo,
definiendo como “males menores” algunas acciones concretas como los
interrogatorios, la entrega de presos y las detenciones preventivas, y el “mal
mayor” como el ataque directo a estos actos violentos que infunden terror. Y concluye lo siguiente: “Tenemos que enfrentarnos a gente malvada, y para acabar
con ellos puede que necesitemos responder con la misma moneda. Si ese es el
caso, ¿qué debemos hacer para que los males menores no se conviertan en
mayores?".
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