Violencia en Medellín, todavía
Ya no hablamos de los cientos de muertos que dejaron los sicarios y las
bombas de Pablo Escobar a finales del siglo pasado. No, ya no hablamos de
ellos: ni de Los Priscos, ni del cartel de Medellín y mucho menos de la ciudad
más peligrosa del mundo. No, ya no hablamos de eso, pero sí hablamos de los
homicidios, las extorciones y los frecuentes atracos que todavía caracterizan a
la “ciudad de la eterna primavera”, la misma que terminó el 2017 con un total
de 577 asesinatos, según lo informó el Sistema de Información para la Seguridad
y Convivencia de Medellín a principios de este año.
De hecho, hoy 6 de marzo de 2018 estamos hablando de un taxista y un
desmovilizado de las AUC que murieron a manos de dos sicarios mientras se
movilizaban por la avenida Las Palmas, hacia Medellín. Es el tema del día en
los medios locales.
¿Y por qué estos homicidios, por qué cifras tan altas? Algunos lo
explican desde el contexto a nivel país, haciendo referencia a una Colombia
violenta desde la colonia, desde la época bipartidista y desde la lucha armada
entre el Estado y las guerrillas que aún continúa; es decir, Medellín
como una ciudad que no puede escapar a la violencia nacional. Esa podría
resultar una explicación razonable, pero es riesgoso dar un juicio tan
generalizado que no reconoce las transformaciones en la cultura, los cambios de
la ciudad y la capacidad de quienes la habitan para convivir pacíficamente.
Desde mi perspectiva, el verdadero problema es que no hablamos de eso:
de la historia de una Medellín altamente violenta. Hemos visto crecer a una
generación sin memoria que se acostumbró a vivir con el germen creciente de la
ilegalidad, pues es constantemente abrumada por el cubrimiento mediático que
maquilla los sucesos y no contribuye a su formación como ciudadanos pacíficos;
una generación que normalizó el homicidio, el robo y la extorción porque no
hemos tenido el compromiso social de hablar, comprender y explicar nuestra
difícil realidad.
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